La muchedumbre te impide caminar más rápido, piensas en rebasar, pero no encuentras camino, no te puedes abrir paso con tu paraguas, preferirías sentir la lluvia y caminar tranquilamente bajo ella, pero tienes que llegar a esa reunión, supuestamente importante para la empresa. Te arrepientes tanto de ponerte vestido, ni los tacones salvaron a tus pantimedias de mancharse con el agua sucia de lluvia, tu abrigo no es lo suficientemente largo para cubrirte las piernas, sientes frío. "Diez minutos, en diez minutos tengo que estar sentándome en la mesa de la sala de reuniones", cuando sabes que a paso normal haces veinte, te estresas, te sientes incómoda, preferirías salir huyendo, no volver más a ese escritorio… todo eso cruza tu mente cuando escuchas el grito.
Ese grito, aterrador, te hiela, quedas impactada ante lo que acabas de ver, ese cuerpo, esparcido en el asfalto, cubierto de lodo, la cara con gotitas marrones y rojas como si fueran pecas, pero no, aunque la que era dueña de ese cuerpo era muy blanca, esas no son sus pecas, es fango con sangre, los ojos muy abiertos, llenos de conmoción como los tuyos. El conductor que acaba de atropellar y matar a la chica, se baja del auto, está hablando por celular, la gente se empieza a amontonar alrededor del cuerpo. Te quedas inmóvil, no puedes pensar nada, sólo darte la vuelta y echarte a correr.
Te quitas los zapatos, no te importa mojarte, el paraguas sale volando, escuchas que alguien te grita que tu sombrilla se cayó, no te importa, corres, corres, empujas a la gente, no tienes idea a donde vas, sólo corres, ni siquiera sabes qué estás pensando. Llegas a un parque, hay un lago en medio, te detienes bruscamente, te falta el aliento, ha dejado de llover, sólo cae una brizna que moja tu rostro, sacas un cigarrillo, lo enciendes. No volverás nunca a esa oficina, jamás, no sabes qué pasará, pero después de ver esa cara inconsciente, lejana de la vida, sabes que no puedes seguir caminando todos los días entre el gentío, no, no más.
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