Caminé por quince minutos bajo el rayo de sol de la una de la tarde, esos minutos consistieron en subir una pendiente muy elevada y estrecha. Tras mi breve pero trabajoso camino, encontré un silencioso parque en medio de la sierra poblana, estaba en la cima de un cerro, a mi alrededor sólo veía verde, montes llenos de verdor por la generosidad del clima primaveral. Desde ese punto no se lograba divisar ninguna otra población mas que donde me alojaba, apenas unos puntitos vistos desde esa altura, lo más que se distinguía era la cúpula amarilla de la iglesia del pueblo.
Frente a mí vi sube y bajas, resbaladillas, esferas giratorias y columpios, esos juegos de estructura metálica diseñados para niños. Nunca fui de sube y baja, siempre me entró pánico montarme y sentir cómo me elevaba y cómo bajaba, es una sensación que a la fecha me resulta muy desagradable. Las resbaladillas me gustaban, pero lo que más disfrutaba era el columpio; aunque de pequeña era preferible que alguien me diera impulso, ese juego me gustaba porque podía no depender de nadie para divertirme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario