Entonces me subí, apenas y cabía en el pequeño asiento, pero lo logré, me empecé a impulsar, el paisaje verde con el azul intenso del cielo, con pocas nubes, iba y venía, temía que se pudiera romper el columpio, pero seguía yendo y viniendo, una y otra vez, cada vez más alto, recordando el olor a fierro que siempre te deja en las manos, más y más alto, esta vez queriendo salir volando, y poder ver desde arriba los cerros, y cada vez más alto, como cuando un avión se eleva y todo termina siendo puntitos indistinguibles, así, yéndome lejos de aquí.
Pero no, no pasó nada, ni me caí, ni volé, seguía ahí, con las piernas un poco cansadas, pero ahí estaba, como si el tiempo no hubiera pasado, como si nada se moviera. Esa sensación te da observar la naturaleza, como si todo estuviera quieto, pero también te hace sentir el peso del tiempo, como si alguien se posara en tus hombros, lo sientes. Quizá fue la taza de café que bebí en la mañana, quizá fue el cambio de presión atmosférica en mi cabeza, pero sentí un peso en el pecho, porque ya no era una niña, porque ya no me daba miedo salir volando, al contrario, lo deseaba, escapar de todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario